1 / 07 / 2010

Superado el cabo de las tormentas

Marcar como favorita
SGD Segovia al día - RFEF

Futre me abraza y me da su “enhorabuena”, tras la derrota de su Portugal. Luis me cuenta que “España va de menos a más”. En las filas del optimismo ya hay infinidad de conversos. Existen razones para ello. La selección ha crecido una barbaridad



Tocan a rebato las campanas llamando a gloria. España está en cuartos de final de un Mundial y amenaza a los que vacilaban. Las portadas de los que dudaban del equipo, con finura, pero con saña, han desaparecido. El equipo que dirige Vicente del Bosque ha sumado tres victorias consecutivas y no es ya al que se veía como un ave de paso por la dura Sudáfrica . España está donde nunca fue barrida por los apostadores, que de esto de hilar fino saben lo suyo y lo que no es suyo. Las casas de juego son conscientes de que con España no se puede actuar al albur, así que van sobre seguro. Paraguay espera el sábado 3 de julio, pero todos lo hacen ya con el periscopio levantado, tratando de desentrañar las claves, obvias, por otro lado, de semejante crecimiento. La armada nacional amenaza a todo lo que se mueve. La historia ha cambiado.

Es hora de los actos de arrepentimiento. Los gentilhombres deben dar el paso si es que lo son. Los vacilantes lo han hecho ya. Los tibios han dado un paso al frente. Es la hora, además, de los arrepentimientos, de hacer justicia a la selección, de reconocer los méritos de los que siempre han estado ahí, especialmente, lo digo de corazón, los de Vicente del Bosque, que se ha batido con una dignidad extrema, una fe a prueba de bomba y una determinación casi obsesiva. Querían del seleccionador que pusiera en tela de juicio a sus huestes, que alzara la voz (lo hizo antes y después del partido contra Honduras con firmeza, pero con la templanza que le caracteriza y que a mí me parece que es de admirar), que cambiara, en fin, apresuradamente, porque decían, precipitados, que aquello no caminaba. Querían que sentara a los que no estaban al rendimiento máximo que exigimos del primero al último minuto como si en estas cosas alguien fuese capaz de ello. Querían verle dar tumbos, tirarse al monte, como afirma él, y que al hacerlo dudara de los suyos. Hace nada en estas páginas de la web, el seleccionador señaló con el dedo recto, sin pestañear: “este equipo ha tenido que demostrar mucho, mucho carácter para salir de la situación que se produjo tras perder con Suiza”. Carácter. Tres victorias consecutivas ante rivales dispares. Y a cada cual mejor. Mas segura. Más firme.

Potcheftsroom, el día después de la victoria contra Chile. Blessing, un camarero negro de un restaurante marinero, se dispara como una bala cuando me ve pasar por la puerta del local. Dos miembros de la selección cuyo nombre mantendré siempre a buen recaudo se han sentado sonrientes en la puerta a tomarse dos cafés (¿o eran dos cervezas?. “España está mejor”, me dice uno de ellos. Pero los temores están justificados. O pueden justificarse. Lo que se avecina en el horizonte de un viaje inacabable a Ciudad del Cabo es Portugal. La Portugal de CR7; la de Simao y Danni; la de Tiago y Almeida; la del guardameta Eduardo, al que nadie hemos prestado atención, pero que ha sido vital en los empates sin goles ante Costa de Marfil en el primer partido y contra Brasil, en el tercero. La Portugal de los espeluznantes siete tantos a Corea del Norte, que han sembrado el pánico en no pocas filas españolas. Luis Aragonés, hacedor de una parte de esta selección, también se ha alineado en las filas de los que anuncian, o tememos, ¿a qué negarlo, por qué no asumirlo?, que ante esas rocas solidísimas de los chicos de Carlos Queiroz pueden irse a pique los navíos españoles. A fin de cuentas, ¿no estuvieron los lusos entre los primeros que dieron la vuelta al cabo de las tormentas?

A mí no me duelen prendas. A estas alturas del partido, marcado por los años, los kilómetros y los Mundiales, hemos de asumir que en algún momento no hemos estado seguros del futuro o que nuestra fortaleza se ha resentido. Entre el centenar de periodistas españoles que acuden al Green Point de Ciudad del Cabo los sentimientos que se agolpan horas antes del partido son de temer. “Tengo malas sensaciones”, me confiesa Orfeo Suárez (El Mundo); “tenía más seguridad, pero el tiempo (lluvioso y frío) está cambiándola”, me dice a media voz José Miguélez (Público). A Miguel Ángel Díaz, autor de “Los secretos de la roja”, el corazón no le cabe en un puño. No le han gustado las afirmaciones de Aragonés. Portugal ha dejado unas sensaciones amenazantes en su paso, sin temores a la vista, aunque, como casi siempre, las nuestras están marcados por los rigores históricos del pesimismo español. No les hemos hecho seis dianas, aunque pudimos, a los hondureños. Ni ampliamos la ventaja sobre Chile, con diez jugadores tras la expulsión del agrio Estrada, cuando pudimos. No hemos sabido ver, tampoco, que algunos futbolistas del equipo español han dado un paso adelante. Uno de ellos bromea conmigo en el centro de alto rendimiento deportivo en el que está concentrada la selección. “¿Cómo estás?”, me pregunta y yo le digo que harto de especies que están azotando mis bajos. “No te preocupes: esto lo levantamos y volvemos a casa en 15 días”. Es el 28 de junio. La final es el 11 de julio. Echemos cuentas, amigos.

España gana a Portugal. No sé si estaba acaso en las previsiones de los que hemos cantado gozosamente su triunfo después, pero lo ha hecho y lo ha hecho bien. Ha mandado en el partido salvo en la segunda mitad del primer tiempo y el crecimiento de alguno de los jugadores de que les hablaba ha sido sobresaliente. Hemos vuelto a ver a una selección serena, fría, concienzuda, más fresca, más entera, como a la que estamos acostumbrados desde va para cuatro larguísimos años, soberbia en muchos momentos. Ha habido gestos en el grupo de los que lo dicen todo. Gestos de complicidad, que lo son, además, de homogeneidad, de fuerza, de unión. Los jugadores hacen un corro al finalizar su calentamiento. Casillas, el capitán, palmea a todos sus compañeros. No importa de donde provengan. No hay grados. Forman parte de un todo. Cada uno de los goles que España le ha marcado a Honduras y Chile, y han sido cuatro, han provocado unos estallidos de júbilo sólo vistos en la Eurocopa 2008. Nada ha cambiado en ese aspecto, pero yo diría que en todos y cada uno de ellos ha habido un gesto de rebelión, un “¡ahí os quedáis!” hacia los críticos, que han sido no pocos. El magnífico que Villa le ha hecho a Eduardo, convertido en el mejor jugador portugués, oscurecidas hasta casi la desaparición sus estrellas, produce una especie de paroxismo colectivo. España ha vuelto a ganar la segunda de sus grandes batallas en el Mundial.

No sé yo donde acabará esto, ni que harán ahora las casas de apuestas, la “bwines” de marras, pero les aseguro que el Mundial pinta de otra manera y que pinta a lo grande. Que nos quiten lo “bailao”. Al acabar el partido mi viejo amigo Futre me abraza y me felicita. Paulo es así. Veo a Luis. Le saludo y me habla de una España, “que va de menos a más”. “Cuando tiene el balón es muy, muy difícil superar a este equipo”, me dice en voz baja. Son signos prometedores. Y les aseguro que me alegran. Me alegran por millones de seguidores del equipo nacional y, quizá especialmente, permitáseme el subjetivismo si es que lo es, por Vicente del Bosque, fiel a los suyos hasta casi la temeridad, leal a sus conceptos y a los valores de sus jugadores, entero y capaz, defensor de un modelo de ser y de estar con el que España puede llegar a alcanzar su mejor posición en la historia de los Mundiales, en los que participa desde 1934 sin haber pasado nunca del cuarto puesto (Brasil, 1950, liguilla).

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