España se jugará mañana la posibilidad de hacer historia ante Paraguay. Hoy, un terremoto de ocho grados en la escala de Richter ha dejado fuera a Brasil
Un terremoto de más de siete grados en la escala de Richter acaba de producirse en el Mundial Sudáfrica 2010, justo cuando escribo estas páginas. El epicentro del seísmo se ha situado en el vértice del Nelson Mandela Bay. Ha sucedido entre las 16.00 horas y poco más de las 17.45 horas. La víctima principal es uno de los más grandes candidatos a la corona mundial, que habría sido la sexta de las suyas (1958, 1962, 1970, 1990 y 2002), por no decir el primero de ellos: Brasil. Los que temían encontrarse con la “canarinha” en semifinales o en la final se frotan las manos. Las casas de apuestas, también. Los apostantes pierden a menos llenas. El pentacampeón está de vuelta a casa. Los daños en todas sus estructuras son demoledores. Casi nadie se lo esperaba.
La caída de Brasil es un acontecimiento de enorme altura. Tanto como el florecer de Holanda, muchos años alejada de los puestos de honor y ahora con estimables opciones de jugar la final, rememorando aquella de 1978, en Buenos Aires. Quienes habían señalado con el dedo como ganador del Mundial al fuerte equipo de Dunga deben estar no menos sorprendidos que él. Su selección sufrió dos impactos brutales con los que no debía haber soñado ni en sus peores momentos, si es que hubo alguno, en un equipo sonriente hasta la media tarde de hoy, negro día, feliz, hermanado y, en apariencia, poco menos que intocable. Brasil no sólo sufrió la derrota en el partido, sino que lo hizo de una manera sumamente dolorosa, perdida la cabeza, tristemente, rota por las cuatro esquinas de su arboladura. Vio como el gol de Robinho no le valía de nada y acabó casi a la bayoneta, desesperada, sin modo de encontrar la serenidad precisa para igualar y corriendo inmensos riesgos de una derrota mayor que no se produjo por el nerviosismo comprensible y el atolondramiento de los holandeses, que no debían creerse lo que estaba pasando.
La eliminación de Brasil le da una vuelta de tuerca más a un Torneo en el que ya no están unos cuantos de los más grandes. Brasil se ha sumado a Inglaterra, Italia y Portugal. A medida que se acercan los asaltos finales los elegidos van reduciéndose, naturalmente, pero en algunos de estos casos se contaba con ellos al menos para estar en semifinales. La debacle brasileña refuerza la teoría de los que dicen que cualquier cosa es posible (España ya sufrió un cañonazo casi en su santa bárbara en su primer partido, aunque, probablemente, si había que tropezar fue en el mejor de los momentos… o en el más remediable), entre los que se encuentran especialmente dos de los nuestros: Ángel Villar, presidente de la RFEF, y Vicente del Bosque, seleccionador. Ambos se muestran aferrados firmemente a su posición en defensa de las teorías del acercamiento paulatino de los menos fuertes a los más fuertes y en las de que nadie se impondrá en el Mundial con clara superioridad sobre su contrario. Los siete goles de Portugal a Corea del Norte fueron una excepción y ya vieron lo que les pasó a los lusos ante los españoles.
Esta colosal sorpresa, ¿podemos llamarla así?, es un aviso a navegantes entre los que desde luego no se encuentran los jugadores del equipo nacional, que cada día que pasa sitúan al adversario más inmediato como el más peligroso. Mientras algunos paraguayos remedan de forma cómica pasajes de la historia de ambos países e ironizan con menús a base de torito, la selección vela armas en Johannesburgo sin hacer ni caso a los absurdos habituales en un mundo en el que cabe todo o casi todo. Todo o casi todo a excepción de los excesos de confianza, que yo no sé si tienen influencia decisiva en los partidos, pero que deben tenerla por lo que cuentan los que lo viven. ¿Ha pagado Brasil un exceso de ella ante Holanda? ¿Han medido mal las fuerzas de su rival o es que, sencillamente, no eran tan superiores como para ganar el encuentro de cuartos sin contar con el adversario? Puede que haya un poco de todo, pero la historia es la que es y no otra.
Si comete pecados, los de España no irán por esos caminos. Del Bosque suele torcer el gesto en cuanto se le habla de Paraguay como un equipo menor o en cuanto se le insinúa tal coyuntura, que ni contempla, ni respalda. Grande , su ayudante, hablaba ayer de los teóricos que creen que hay que pasar como un rodillo sobre selecciones que no suenan y sobre sus jugadores, por supuesto. Esos teóricos hacen caso omiso de la presencia masiva de jugadores guaraníes lejos de su país, algo tradicional a lo largo de su historia y prueba demostrativa de la valía de sus profesionales, lo que demuestra que su valor está muy por encima de apreciaciones ignorantes o interesadas. Paraguay cuenta con nombres suficientes como para respaldar sus valores: Bobadilla (Independiente de Medellín), Villar (Real Valladolid), Achúcarro (Newell’s Old Boys), Barreto (Atalanta), Barrios y Valdez (Borussia de Dortmund), Benitez (Pachuca), Cardozo (Portugal), Da Silva (Sunderland), y muchos más, que son sobre los que el duro Gerardo Martíno ha forjado el presente de un equipo que jamás se lo pondrá fácil a nadie y que hará valer la furia como uno de los pilares que nunca les abandona.
España se juega, sin embargo, mañana en el Ellis Park un billete hacia la gloria. Vencer supondría igualar, en el peor de los casos, el cuarto puesto (liguilla) del Mundial de 1950. Pero la gloria sólo está al alcance de los mejores, así que habrá que trabajársela con esfuerzo, con humildad, con tacto, jugando, desconfiando… Y siendo como es esta España que hoy nos tiene a todos embriagados de ilusiones, con los nervios a flor de piel, con 150 pulsaciones por minuto, con el corazón desbocado (150/90 acabo de tomarme, voy hacia el “Parapress plus” a toda velocidad) con los tensiómetros a mano…
Pero, ¿qué quieren que les diga? Vale la pena.