Roberto Bolaño (Chile, 1953) murió en 2003. De aquello sólo tengo un recuerdo vago, porque entonces aún no lo había leído ni me había obsesionado con su literatura y el magnetismo de su figura. No lo conocí hasta unos años después, cuando me topé con Los detectives salvajes (1998) y quedé fascinado, atrapado, adicto. Hasta hoy, creo haber leído la mayor parte de sus obras: sus nouvelles, sus colecciones de cuentos, y, claro, la monumental 2666 (2004), que es como un enorme trancazo, un exceso necesario, que se le desborda a uno, y uno quiere seguir y no parar, pero que también duele consumir, porque se acaba. No recuerdo en mí—no me importa parecer hiperbólico, hablo desde mi criterio, hablo de mi canon—un impacto semejante desde las primeras líneas de En busca del tiempo perdido: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: Ya me duermo…” Bolaño impacta. Es un escritor personalísimo, que escribía con el hígado, con las entrañas. Y así, con las vísceras, hay que leerlo.
El tercer Reich es la última novela suya que se ha publicado. Muchas de ellas fueron póstumas, que se le han ido encontrando; ésta corregida, según dicen, y lista para la publicación, aunque la escribiera en 1989. No es la mejor, ni quizá sea el mejor modo de entrar en el mundo de Bolaño. Pero no es menor. Se situaría, quizá, entre sus grandes novelas (grandes por buenas y por extensas), Los detectives y 2666, por un lado; y las novelas cortas y las colecciones de cuentos, por otro lado. El tercer Reich transcurre, una vez más, en la costa del Mediterráneo, en una localidad de veraneo vagamente decadente. El protagonista, Udo Berger, un alemán entregado profesionalmente a los juegos de estrategia sobre la Segunda Guerra Mundial, acude al mismo hotel donde veraneaba de adolescente con su familia. Él y su novia, Ingeborg, junto a otra pareja que conocen, también alemanes, pasan los días entre la playa, el hotel y los tugurios. Entablan relaciones confusas con lo más tirado de la zona y van adentrándose en una zona turbia del tiempo. Junto al mar, en los centros de vacaciones, el verano avanza en períodos establecidos de semanas, quincenas, meses acaso. Pero los personajes de Bolaño (el mismo Bolaño en Blanes) permanecen atrapados y el mundo corre a su lado, y ellos van desviándose del curso externo de los demás para encaminarse hacia una zona de misterio que nunca se aclara. En la historia ocurre un accidente; alienta una amenaza; existe un riesgo; abunda el movimiento incesante de los personajes, esa errabundez tan característica de los personajes en las novelas de Bolaño. Pero no es esa la clave; no son los acontecimientos claros y señalados en la historia lo que destaca en la novela (amén de que el protagonista pasa largas horas atrapado en su habitación frente al juego de estrategia), sino el descarrío de las personas, lo inexplicable y el fraseo ágil y adictivo del autor. La razón de que Bolaño se manejara mejor con las novelas extensas que con los cuentos (habiéndolos muy buenos) es precisamente que el chileno necesitaba tiempos largos para ir calando en el lector, del mismo modo que sus personajes necesitan de largos paseos para ir entrando en una realidad distinta. Su prosa es de largo aliento. Tiene un estilo de fondo, mejor ritmado y con mejor pulso cuanto más largo y sostenido sea.
El tercer Reich no es, como digo, la mejor de sus novelas (probablemente lo sea 2666), pero todo Bolaño está en ella. A quien no le guste Bolaño, no le gustará ésta; pero a quien sí, no lo defraudará. Sólo hay que dejarse llevar por el torrente de palabras y su música tan particular. Quedarse, también, con personaje fabulosos y verosímiles: el Quemao, o el dueño del hotel, oscuro enfermo terminal recluido en las entrañas del edificio (merece la pena no abandonar la lectura para alcanzar el primer encuentro entre Udo y este hombre, ilustrado con un dibujo muy expresivo). El resto va sólo, como siempre con Bolaño.
El tercer Reich
Roberto Bolaño
Barcelona, Anagrama, 2010
360 pp.
ISBN 978-84-339-7205-7