Cada una de las personas sentadas en los asientos del estadio de Durban ha vivido esta histórica semifinal con el corazón en un puño. Todo sufrimiento se ha visto recompensado esta noche mágica con el pase de España a la gran final del Campeonato del Mundo. Tenemos la sensación de haber tocado el cielo con las manos.
Ha sido un día especial, lleno de recuerdos de todo lo vivido desde que llegáramos a Sudáfrica el día 11 de junio. Todas las ediciones digitales de los periódicos españoles hablaban de hacer historia, de continuar viviendo este sueño. Los alrededores del hotel de concentración de la selección española en Umhlanga, una zona situada a unos veinte kilómetros de Durban, se vestían de rojo. Comenzaba la cuenta atrás.
A las 18,30 horas uno de los autobuses de prensa partía dirección Moses Mabhida y los nervios se acentuaban. Hay quien ha preferido hacer el viaje escuchando música, la radio o simplemente pensando, reflexionando. El estadio donde España comenzó su andadura en el Mundial de Sudáfrica nos esperaba. Este campo con diseño inspirado en la bandera sudafricana y con una impresionante arquitectura que representa la unidad de una nación que durante muchos años estuvo dividida, estaba hoy más iluminado que nunca. Listo para acoger una de las semifinales del campeonato.
Entramos y su grandeza vuelve a impresionarnos. El arco desde donde se puede divisar la ciudad sudafricana a 106 metros de altura en un tren cremallera nos inspira la unión entre la semifinal y la gran final. El puente de unión entre un sueño y el paraíso.
A las 19,45 horas los once titulares de España saltan al terreno de juego. Estalla la ilusión. Y los nervios. Cesc Fábregas realiza su trabajo junto al readaptador físico Hugo Camarero, y Casillas, Valdés y Reina se ejercitan a las órdenes de Ochotorena. Parece otro partido cualquiera. Pero no lo es. Este choque quedará no sólo en las portadas de los rotativos, sino en libros y memorias de muchos.
Los once titulares se abrazan minutos antes de retirarse al vestuario. La unión y el espíritu de grupo quedan plasmados durante unos segundos. It’s Ayoba time. Es el momento. Al igual que ocurrió el día 16 de junio, muchas familias de hindúes vestidas de arriba abajo con complementos de la selección española arropan a los de Vicente del Bosque. Además de los que han volado desde España a Sudáfrica, más de 9.000 kilómetros, los locales también apoyan a La Roja. Agradecemos la música sudafricana que se escucha en el Moses Mabhida justo antes de que comience el choque. Relajamos músculos. Liberamos tensiones.
La primera parte la vivimos con mucha intensidad desde las gradas. Es una sensación de inquietud muy similar a la vivida en el Ellis Park frente a Paraguay pero duplicada. O triplicada. España toca el balón. Puyol y Villa hacen que nos levantemos dos veces del asiento. Cóctel de sentimientos durante estos primeros cuarenta y cinco minutos.
60.960 aficionados expectantes. Los minutos parecían correr muy deprisa y el gol no llegaba. El ruido de esas trompetas sudafricanas llamadas vuvuzelas se hacía hoy más ameno que nunca. Estábamos inm ersos en una burbuja... Hasta que Puyol en el minuto 73 nos puso los pelos de punta con el único e histórico gol de cabeza. El abrazo de todos los jugadores y el cuerpo técnico de La Roja hacían saltar las lágrimas a muchos. Lágrimas de alegría. El Soccer City nos espera…