0-1.- La selección doblegó a Alemania con un partido portentoso, que mereció ganar por un margen mucho más amplio. Puyol cabeceó el gol de la victoria en un duelo en el que los germanos fueron inferiores de principio a fin y, especialmente, en un maravilloso segundo tiempo.
Hoy, amigos de esta página web, no es tan difícil, aunque pueda parecerlo, hacer ejercicios en el alambre de las emociones, que se nos escapan a borbotones, por todos los poros de nuestro cuerpo. No lo es porque España acaba de tallar la más grande de sus obras futbolísticas, la más bella de sus obras en cien años: ha batido al coloso alemán, de nuevo, la segunda ocasión en grandes citas desde 2008, y jugará por primera vez una final de un Mundial contra Holanda. Tengo delante de mí a jóvenes periodistas con lágrimas en los ojos, desbordados por su españolismo latente, y yo, lo confieso, también he acabado saltando para celebrar la victoria como si fuera un treintañero, sin mirar ni mi carnet de identidad, ¡al diablo con él!, ni lo que piensen mis colegas, maravillados ante el fútbol de España en la segunda mitad, sobre todo. Acabo de recibir el abrazo fortísimo de un colega argentino, barrido por la misma emoción que todos los españoles. No es tan difícil, sin embargo, contener la emoción, que se ha contagiado como reguero de pólvora, porque al contrario del partido ante Paraguay, España ha brindado un espectáculo que, en la segunda mitad, ha alcanzado tintes de ópera prima. Una obra que ha silenciado como tumbas las voces alemanas que se escuchaban en el Durban Stadium, contagiados todos por la abrumadora superioridad de una selección y de unos técnicos que han jugado con el gigante como el gato con el ratón, tocando, dando, dando y tocando, en la más mágica de las noches de siempre.
En el vigésimo día de España en la Copa Mundial 2010, en el del partido que debía decidir si España disputaba o no por primera vez en su historia una final, Vicente del Bosque dio un paso de alto significado. Por primera vez, y frente a quienes pensaban que contra una abierta Alemania, tendría más cabida el fútbol profundo y veloz de Fernando Torres, ése día, o sea, éste, el seleccionador decidió recurrir a un método que a la selección le ha dado excelentes resultados antes y después del Europeo 2008, tomado como valor referencial, o casi, de lo más alto del fútbol español: jugar con cinco volantes y un punta. Para que nos entendamos: batirse en el partido de la historia, más o menos, de la misma manera en la que se ganó, precisamente, a Alemania el 29 de junio de 2008. Era una decisión sumamente arriesgada si salía mal porque se habría dicho que a qué venís sustituir al “Niño”, titular hasta entonces, en el instante casi cumbre del Torneo. Pero salió bien y reforzó la figura gigante de un hombre, Vicente del Bosque, digno de un monumento por lo que hace y, sobre todo, por cómo lo hace.
En el vigésimo día de estancia en Sudáfrica, sexto partido, el cara o cruz, el alcanzar la gloria o quedarse a un palmo de ella, celebrar o celebrar mucho menos, el seleccionador optó por reforzar la línea de volantes con la intención clara de frenar a la poderosa y veloz Alemania, estableciendo dos barreras, una de contención, y otra de defensa bajo el buen criterio de tener el balón e impedir los contragolpes letales de los germanos como la tarde del 3-1 a Inglaterra y la noche del varapalo (4-0) a Argentina, plenamente consciente Del Bosque de que el rival no iba a tener nada que ver con la ultradefensiva Suiza, con la tímida Honduras, con la cerrada Chile, con la achicada Portugal, incluso, y con la dura y agresiva Paraguay. La adopción de una medida de semejante alcance, añadiendo un mediocampista (Pedro) con llegada en lugar de un punta, tenía, pues, un gran significado.
En el vigésimo y algún día mas del Mundial de Sudáfrica a Jöchim Löw, seleccionador alemán, le pudo más el miedo escénico a España que todas las euforias desatadas tras la goleada a Maradona y sus pibitos. Löw decidió enviar al mejor de sus mediocampistas y a uno de los hombres más brillantes del Mundial, Bastian Sweinsteiger, a ejercer labores de pitbull sobre Xavi más que a encauzar el juego de los suyos, sin mirar ni pisar más campo que el germano, ¡qué lujo, qué pérdida! En este vigésimo día para los españoles y vigésimo y alguno más para los alemanes, la semifinal siguió las pautas marcadas por el gran guionista Del Bosque y, sin que sirva de precedente, porque ya se lo saben de memoria, vuelvo a decírselo, esto es, control férreo del balón frente a un rival sumamente replegado, sin capacidad de respuesta, sin poder exhibir su fútbol ni abrir una sola de las iconos de su ordenador personal, el que cuenta, o contaba, que una vez encendido no había forma de pararlo. Al contrario: a los 13 minutos de juego, Neuer ya había sido sometido a dos acercamientos sumamente peligrosos. Salvó en el primero la aparición de Villa (siete minutos) y en el segundo se le fue el corazón al gaznate ante el cabezazo tremendo de Puyol, que se marchó muy alto. A los 18, Ramos prefirió disparar al no contemplar la mejor posición de Pedro. Mediado el primer período, de las aguerridas tropas alemanas no había salido más peligro que un contragolpe, largamente esperado, es cierto, a los 22 minutos que frustró la rapidísima aparición de Puyol para cerrar el paso a Klose.
En el cuarto día antes de la final, España y Alemania se disputaron el pase a ella sin engaños, conociéndose, asumiendo los unos que debían aprovechar su fútbol de toque sin caer en la trampa de una de las grandes virtudes alemanas, la elaboración rapidísima de opciones de contragolpe. Löw no cedió gratuitamente el terreno a España o no lo cedió porque no supiera los riesgos que asumía, sino que lo hizo tratando de explotar lo más granado de su forma de ataque, aunque ello supusiera que su fútbol nada tendría que ver con el que abatió a Inglaterra y Argentina. En realidad, lo que el seleccionador alemán y los suyos buscaban era otro golpe de acierto o de fortuna (como Suiza, pero con más argumentos) y no un partido especialmente lucido, de los que provocan abrazos por doquier y halagos sin fin. No era el brillo lo que primaba en sus intenciones, sino la búsqueda de la victoria. A los 30 minutos, una mano de Casillas a disparo de Podolski pudo ponerles en ventaja si allí no hubiera aparecido lo que tenía que aparecer, la izquierda de Iker. Alemania parecía ir creciendo. Al descanso, sin embargo, todo estaba como al comienzo y quienes habían cantado que sus vientos iban a demoler irremisiblemente cualquier resistencia tenían las velas plegadas. Hacía tiempo.
Los que habían desplegado ese velamen que decían incontenible tuvieron que ver como en los primeros minutos de la segunda mitad (49 y 51) sendos disparos de Xabi Alonso, con la derecha y con la izquierda, se le escaparon el primero lejos del palo derecho de Neuer y el segundo, más cerca del izquierdo. Era Pedro el que ponía en aprietos a Boateng, al que cambió Löw, que no debía ver las cosas nada claras pues muy pronto ordenó calentar a otros cuatro de los suyos. Tenía motivos para ello: Alemania no encontraba por donde hincarle el diente a un partido en el que a España sólo le faltaba un punto de tino y en el que las incursiones alemanas eran muy esporádicas, claramente superados en el medio para desesperación de los sensacionalistas alemanes que llevaban días cantando el paso de un equipo apisonador por encima del campeón de Europa. Nada, por supuesto, con lo que anticipaban los más temerosos, ni con lo que acreditaban los dos últimos partidos de los alemanes a los que un suspiro salvó al borde de la hora de juego, con la cara de Schweinsteiger contraída ya, en un remate de Pedro y en un centro paralelo de Iniesta, que no alcanzaron por centímetros Sergio Ramos y Villa. España volvía a ser la que es, dueña del campo, de los resortes del juego, diría yo que hasta de la ilusión, frente a un adversario inferior y desvencijado en el que no aparecía Oezil, su zurdo, al que no añadía gran cosa Khedira, desasistidos, pues, los matadores Podolski y Klose. Cuando se encontraron, a los 69’, Casillas zanjó espléndidamente un ataque del primero de ellos con cesión a Oezil y de éste a Kroos, que apretó el gatillo dentro del área. Pero en estos asuntos, siempre hay que contar con Iker, soberbio en su estirada. Como siempre en el Mundial. Tres minutos más tarde llegó lo que debía haber llegado mucho antes, la culminación de una de las decenas de ataques españoles, que había merecido por juego y por apariciones ante Neuer muchísimo más de lo que le daba el marcador. No fue en una de sus muchas apariciones cerca del portal alemán, sino al saque de un córner. Fiados los defensas germanos de su corpulencia, desatendieron la incorporación de Puyol, que cabeceó anticipándose al muro alemán. Löw ni se lo creía. Sus gigantescos defensas, menos.
Los diez últimos minutos del partido fueron de una emoción sobrecogedora. Alemania repescó a un atacante, Gómez, en lugar de Khedira y de inmediato, Del Bosque refrescó el ataque, dando entrada a Torres, que siempre intimida. A los 82’ todo pudo quedar resuelto: Pedro recogió un pase sólo frente a Friedrich, le desbordó, se plantó ante Neuer, pero no marcó el 0-2, que habría sido absolutamente definitivo, quizás fatigado de subir, bajar, volver a subir y volver a bajar, en un ejercicio enorme de sacrificio. Pero ya daba igual, Alemania estaba desarbolada en todo lo fundamental: el marcador, el juego, el toque, la moral por los suelos, los ánimos incapaces. España acabó dejándoles boquiabiertos. Una historia tan grande como la de nuestro fútbol y la de la actual selección sólo merecía el final esplendoroso que tuvo en Durban.
Ficha técnica
Resultado.
Alemania, 0 ; España, 1 (Puyol).
Equipos:
Alemania; Neuer; Lahm, Mertesacker, Fridrich, Boateng (Jansen, 53’); Trochowski (Kroos, 62’), Khedira (Mario Gómez, 80’), Sweinsteiger, Oezil; Podolski y Klose.
España. Casillas; Ramos, Piqué, Puyol, Capdevila; Busquets; Iniesta, Xabi Alonso (Marchena, 92’), Xavi, Pedro (Silva, 86’); Villa (Torres, 81’).
Goles.-
0-1 (73’). Córner que bota Xavi y que cabecea magníficamente Puyol.
Árbitro.- El colegiado húngaro Viktor Kasai.
Estadio. Durban Stadium. Lleno: 60.960 espectadores. Muchísimos seguidores españoles en las gradas. Asistieron al encuentro Su Majestad la Reina de España; el secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky; el presidente de la Real Federación Española de Fútbol Ángel Villar y miembros de la Junta Directiva de la RFEF, entre ellos, un numeroso grupo de presidentes de federaciones territoriales y de clubes. El campo estuvo salpicado de pancartas españolas. Temperatura muy agradable. A los cinco minutos de partido saltó al campo un espontáneo, al que las fuerzas del orden retiraron a velocidad de vértigo y con rotundidad.