9 / 07 / 2010

Cuando hay música en el vestuario

Marcar como favorita
SGD Segovia al día - RFEF

Fernando Hierro trata de explicarme las claves de la enorme serenidad que se respira en la selección ante el reto más importante de su historia. Le escucho y lo entiendo.


Los tiempos han cambiado. Y, con ellos, las modas. Los hábitos de los futbolistas están inexorablemente atados a la tecnología. El móvil y los ordenadores son artículos de consumo constante. Los auriculares forman parte del guión de los jugadores, los más grandes o los más chicos. La imagen de los futbolistas que llegan al campo escuchando música forma parte del paisaje diario.

Hotel de la selección en el último día de Potchefstroom antes de emprender camino hacia Johannesburgo para disputar por primera vez en la historia del fútbol español la final de un Mundial. Ayer por la noche he comprobado que una tremenda serenidad se respira en el ambiente, aunque hay, de paso, una cierta prisa por hacer ciertas cosas. Los empleados del hotel y los miembros de seguridad se afanan por conseguir los últimos autógrafos, las últimas camisetas reposan sobre dos mesas del comedor, dos grandes banderas de España, en la recepción. Son coletazos de actividad que no parecen causar la menor mella en los jugadores. Al burgalés Mata le recomiendo unas morcillas de arroz con medalla de oro que venden en una tienda de gourmet junto a la catedral; a Iniesta le digo que ahora empieza la “movida” y me responde que lo “bueno”. Le pregunto a Villa por su estado y me dice “muy bien, tranquilo”.

Pero, ¿cómo es posible esto? ¿Qué milagro de grupo es éste en el que no hay la más mínima crispación cuando estamos todos con el corazón en un puño y la piel soliviantada? ¿Cómo es posible eso que a mí no me parece apariencia, lo que entendería, sino un estado de ánimo general? Para quienes hemos vivido muchos partidos de la selección durante muchos campeonatos del mundo la situación es chocante. Se me vienen a la memoria los días de la Martona (Argentina 1978), los del crispado Mundial de España (1982) por no hablar de las convulsiones en 1974, antes y después del gol del yugoslavo Katalinski que nos dejó fuera del Mundial y tantas y tantas otras situaciones con las emociones desbordadas para bien y para mal. Aquello era otra cosa y lo era no sólo porque este sea un equipo incontestablemente ganador, sino porque vive sus grandes triunfos igual que los pequeños. Créanme que es cierto: aceptan una victoria sobre Honduras como una ante Alemania. Hay que ganar y cuando se consigue, y aunque se valore, naturalmente que sí, la importancia de lo conseguido en cada momento, intentar volver a hacerlo.

Hablo con Fernando Hierro, director deportivo de la Real Federación Española de Fútbol sobre ello. Hierro es un internacional reciente. No me remito a los viejos guerreros de generaciones anteriores. Estoy hablando con alguien que ha estado ahí hasta hace nada, con alguien que sabe de los usos actuales. “Esto ha cambiado”, me dice, sabiendo lo que se dice. Le contesto que aún siendo así no acabo de explicarme como la selección encara un desafío que sabe Dios cuando se repetirá con tanta humildad, alegría, frescura y, esencialmente, serenidad. Fernando me dice que la música contribuye a serenar los ánimos. Torres pasa con sus casos colocados. “Cuando en un vestuario se escucha música es que la gente está serena…”. Deduzco necesariamente que suena en el español y, ¿qué quieren que les diga?, me encanta que suceda.

Hoy, dos días antes de la gran final, el presidente de la RFEF Ángel Villar ha visitado la concentración y ha sido agasajado en el Ayuntamiento. Vajilla al canto. Villar habla de camisetas con Xavi, no sé si pidiéndole una de las suyas o recomendándole que guarde alguna con las que juega porque los tiempos que vive el mediocampista son ya inolvidables. Xavi, que es el prototipo de la tranquilidad, responde al presidente que no hay peligros con eso, porque el peligro, ahora, es Holanda, que asoma a su tercera final de Campeonato, habiendo perdido las dos anteriores ante Alemania (1974) y Argentina (1978). Un gran fútbol desde comienzo de los setenta que no ha obtenido premio a su enorme trabajo y a sus fábricas de talentos repartidas desde entonces por los mejores clubes del mundo, a la que las apuestas no dan como favorita y a la que el pulpo Paul podría propinado dado un varapalo mortal en su moral (es broma, naturalmente) al colarse raudo este mediodía en la caja de España, sin echarle el más mínimo vistazo de la de los holandeses. En el hotel de la selección los vítores han acompañado la decisión de Paul, vítores protagonizados por los empleados, mientras Xabi Alonso con un teléfono hablaba y con en la mano señalaba hacia la “tele”, sonriendo. La decisión del pulpo ha sido retransmitida en directo, pásmense.

Mientras esas anécdotas se suceden, los más veteranos del lugar recomendamos cautela ante lo que se avecina, quizá porque lo deseamos más que nadie después de demasiado tiempo de espera. Hace tanto que pensábamos que este momento podría llegar… y ha llegado. No seré yo, sin embargo, quien lance las campanas al vuelo, ni atempere los enormes riesgos de la final ni diré, ni mucho menos, que la selección es favorita, aunque todos me dicen desde España que el domingo vamos a asistir al triunfo del mejor equipo del mundo, sobre lo que hay general acuerdo. Espero de todo corazón que acierten.

Y no saben como lo deseo…

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