
Se nos va el mes de julio con más pena que gloria y habrá que esperar al otoño para conocer la propuesta del Comisario de Agricultura de la UE sobre los criterios de la Política Agraria Común (PAC) para después del año 2013. De momento, lo que se ha deducido de las reuniones en el seno de la UE no deja de ser más que demasiada palabrería, pero sin ningún contenido claro que nos permita saber por donde va a ir el gasto agrícola de la PAC en la segunda década del siglo XXI. Por cierto que la agrícola es la única política totalmente común para todos los estados que componen la actual UE y existe una gran incertidumbre en el sector agrario por conocer el futuro más inmediato de los pagos compensatorios de la PAC. Ya que se mire como se mire, a pesar de llamarse pago único desacoplado, el origen de las actuales ayudas está basado en una producción teórica de cada comarca y el número de hectáreas o cabezas de ganado que componían una explotación en unos años que se tomaron como referencia.
La idea de Dacian Ciolos, que hasta después del verano no vamos a conocer, está en una línea de una agricultura revisionista que conserve su carácter europeo y que sigan existiendo esos dos pilares de PAC con presupuestos que puedan entrecruzarse. Existe una tendencia en Bruselas a significar los pagos compensatorios de la PAC en función de la explotación y su compromiso con el medio rural, la protección ambiental y la defensa del territorio teniendo en cuenta el cambio climático. En este sentido con una orientación a nuevas cosechas en zonas más cálidas, razas ganaderas con mayor tolerancia para altas temperaturas y modificaciones en las dietas de los animales junto con una mayor eficiencia del consumo de agua en la agricultura.
Se pretende que las ayudas de la PAC sirvan a una agricultura más sostenible. Esto de la sostenibilidad es un término más ostentoso que preciso que nos lleva a una interpretación muy amplia y que se deberá esclarecer para no incurrir en contradicciones. En el futuro de la agricultura se perfila la necesidad de un mayor reagrupamiento para toda una serie de intereses comunes: gestión de las aguas, agroquímica, aplicación genética animal y vegetal, recursos humanos, agroalimentos, cooperativismo, formación de precios, negociación con las grandes superficies, etc. Es indudable que se perfila una mayor concentración de explotaciones y una modernización que los agricultores deben hacer por si mismos sin ambages.
Pero hay que decir muy alto: no a la resignación del campo que es un camino hacia un final inaceptable, es un sometimiento y casi una eutanasia perversa y desordenada de cientos de miles de explotaciones. Si, a la reivindicación sobre el papel del sector agrario en la economía europea y mundial por su carácter estratégico. No a la ineficacia y a la ineficiencia de las administraciones públicas, ya sean nacionales o comunitarias. La actividad agropecuaria se encuentra con demasiadas trabas; en este momento hay demasiadas condicionalidades y un creciente intervencionismo. Se olvidan lamentablemente de cómo están los costes en el campo, con precios envilecidos y unos desfases en cuanto a los gravosos precios de los medios de producción y la caída del valor de los productos agrícolas que vende el agricultor.
Hay que construir un proyecto estratégico para elevar a la agricultura al nivel que se merece en términos de calidad, productividad y competitividades. Es prioritario, sobre todo en España, establecer una comunicación más fluida del agro con la sociedad para que asuma y se preocupe de lo que está sucediendo en el campo. Hay demasiados bulos y envidias respecto a los pagos compensatorios de la PAC, por tanto es necesario que se sepa que este gasto agrícola preserva el territorio y facilita alimentos baratos.