Una vida luminosa
La Voz de nuestro obispo
Va pasando la Navidad. Hemos visitado belenes, luces, árboles de Navidad; nos hemos juntado con familia y amigos, hemos comido y bebido. Pero cuando pase la Navidad, ¿qué nos quedará?
Hay un pasaje del Evangelio que aparece en este tiempo de forma repetida: el inicio del Evangelio según san Juan. Como buen prólogo, es un resumen condensado de todo el evangelio. Si este texto se repite varias veces, no es porque haya falta de textos que meditar estos días, sino porque es de una importancia capital.
Es un pasaje verdaderamente poético, que invito a leer despacio, a dejar que entre en la memoria del corazón. De esta forma, repetido y guardado en la memoria, será una luz en los días de oscuridad que puedan venir en el año que comenzamos. Como no puedo hacer un comentario de todo el prólogo, quiero ofrecer este domingo una sola frase que podamos guardar y rumiar: "En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres".
San Juan no habla aquí simplemente de la vida biológica. Todos tenemos un deseo profundo de vivir, pero no podemos confundir esta vida simplemente con la salud. Es ciertamente paradójico, pero si pensamos un poco, seguro que conocemos personas que, atravesando una enfermedad grave o conviviendo con una discapacidad que limita de forma notable sus posibilidades de actuar con autonomía, irradian una alegría contagiosa y una paz envidiable. Por el contrario, vemos a personas con una salud de hierro y todas sus capacidades físicas intactas a los que, sin embargo, les falta la luz interior y caminan como apagadas y tristes. En una sociedad muchas veces obsesionada con la salud física y el bienestar material, esta paradoja nos golpea con una verdad muchas veces olvidada. La verdadera vida que deseamos, aquello que podemos llamar una vida plena brota de algo que trasciende la vida biológica autónoma.
¿En qué consiste entonces esa vida que es luz? En el amor y en las relaciones. La vida no consiste en la cantidad de cosas que podemos hacer, sino en la calidad de las relaciones que vivimos. En la tradición cristiana, Jesús es anunciado como fuente de esa vida porque vive en una relación constante de amor con el Padre. Este es el evangelio de la Navidad: que el Hijo de Dios se ha hecho carne para que la Vida que está en Dios venga a iluminarnos. Así también nosotros podemos participar de esa dinámica de acogida y entrega.
Es cierto que las relaciones humanas son, a veces, el escenario de nuestros mayores sufrimientos. En la familia, en el trabajo, con los amigos o en el contexto social más amplio aparecen continuamente tensiones y asperezas que nos llevan a pensar que estaríamos mejor solos. Pero es precisamente ahí donde estamos llamados a ser portadores de esta luz que es la verdadera vida. No se trata de ponernos en el centro e intentar generar una luz propia a base de voluntarismo, sino de recibir y acoger la vida de Jesús y dejar que sea ella la que brille a través de nuestros actos. Como nos recuerda el papa León en su mensaje para la jornada mundial de la paz: «ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence».
Con el año recién comenzado, cuando queda poco para que termine el tiempo de la Navidad preguntémonos: ¿Qué nos va a quedar de todo lo vivido? Invito a que este comienzo del Evangelio según san Juan no sea solo un relato escuchado, sino una verdad guardada en la memoria del corazón, capaz de habitarnos con su paz y convertirnos en focos de esperanza en medio de un mundo que, a veces, parece haber olvidado cómo se vive de verdad.
Jesús Vidal
Obispo de Segovia
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