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Cristian Fernández Giner
Jueves, 1 de junio de 2017

Derecho a una muerte digna

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Noticia clasificada en: Blogs Opinión

Soy consciente de navegar por terrenos pantanosos cuando me pronuncio a favor de la eutanasia, un paso más allá de la sedación extrema o terminal.

Se trata de un tema conflictivo y que dispara alarmas, pues la palabra muerte asusta e incomoda. Durante siglos se ha estigmatizado la muerte; catalogada como oscura, tenebrosa, incluso es tabú hablar de ellas en algunas sociedades.

 

Durante siglos, las diferentes religiones han conseguido que interioricemos la muerte como algo prohibido y prohibitivo, lejano, intocable e incuestionable; hasta crear verdaderos quebraderos de cabeza y conflictos emocionales en pleno siglo XXI. El imaginar ser partícipe del fallecimiento de una persona que padece una enfermedad incurable nos asoma al abismo del cargo de conciencia, de la doble moral y de lo éticamente correcto.

 

Pero todos estos peldaños, las trabas que el propio sistema establece son una realidad muy dolorosa e injusta, y así lo expone Luis de Marcos Vera.

 

He tenido la oportunidad de conversar con él no más de veinte minutos; suficientes para corroborar una vez más la extrema necesidad de cambiar de una vez por todas la ley en este sentido.

 

Antes de continuar quiero expresar mi respeto y comprensión a todos aquellos que deciden sufrir la enfermedad hasta el final, y, que a diferencia de mi postura, no comparten por motivos religiosos, morales o de conciencia  mis argumentos. No trato de convencer a los que por alguno de estos conceptos decide continuar su sufrimiento hasta el último día, simplemente defiendo la posibilidad de ser libre a la hora de elegir una u otra opción.

 

A día de hoy, el Testamento Vital ha sido la única forma de evitar seguir siendo mantenido vivo a través de medios artificiales, habiéndolo declarado en plena posesión de las facultades mentales y de acuerdo con miembros de tu familia o amigos que apoyen firmando el documento ante notario; pero a la hora de la verdad, es el médico el que estima cuando se ha llegado a esa situación límite y por tanto, el que decide. Por desgracia suele ser demasiado tarde y el recorrido de la enfermedad ha llegado a su fin.

 

Para los no creyentes, (agnósticos, ateos, etc.), la pesada carga del pecado no les afecta, y en un estado laico como el nuestro no tiene ningún sentido que ciertos valores religiosos se postulen por encima de los derechos de la persona a decidir sobre su propia vida. ¿Si no somos dueños de nuestra vida, de qué lo somos?

 

Luis de Marcos Vera es una persona joven, lúcida, inteligente y razonable, pero sufre. Lo hace cada día desde que la esclerosis múltiple se hizo dueña de su cuerpo y lo encerró preso en él. La enfermedad se le diagnosticó diez años atrás y Luis ha vivido muy consciente su enfermedad; luchando por seguir adelante hasta que hace tres años quedó postrado en una cama. Comprueba cada día cómo se deteriora su cuerpo y se escapa a su control. Le cuesta respirar y tiene que parar cada pocos segundos para coger aire cuando intenta conversar y expresar su justificada petición. Por las noches necesita respiración asistida o se asfixiaría. El estremecedor pronóstico revela la pérdida de la palabra, una traqueotomía y poco después la inmovilidad absoluta hasta el momento de su muerte. Soporta dolor todos los días a pesar de los numerosos analgésicos. En definitiva, sufre, y mucho cada día. La muerte no es un acto de cobardía, es el sedante final, una amiga que llegados a este punto libera a la persona de un sufrimiento inhumano; la paz y el descanso merecido.

 

Ha decidido completamente cuerdo y con argumentos indiscutibles que no quiere continuar con semejante sufrimiento. A través de la página “Change.org” ha capitaneado valientemente una recogida de firmas por la legalización de la eutanasia. Países como Suiza ya la aplican, y personas como Luis pueden abandonar este mundo rodeados de su gente con el cariño y el amor de los suyos. Es hora de abrir la mente y olvidar obsoletos estereotipos y falsas y dolorosas morales que solo conducen a perpetuar el sufrimiento de las verdaderas víctimas de este despropósito, los enfermos terminales. Lamentaba Luis, sabedor de que cualquier propuesta de ley por recogida de firmas necesita un año para su aprobación en el Congreso de los Diputados, no ver en vida la ley aprobada, pero si se mantiene firme es porque un buen legado sería que ningún enfermo terminal que lo desee tuviera que seguir sufriendo un infierno por negativas de quien sentado en su sillón, o tomando una cerveza con los amigos, trata de manera banal un tema que no le afecta de forma personal.

 

La dignidad de la persona no entiende de razas, religiones ni culturas. Y lo más importante, de ideales políticos ni de intenciones de votos. La decisión ha de ser tan personal como el sufrimiento que padece.

 

Familiares y amigos de Luis apoyan y colaboran difundiendo numerosas intervenciones suyas en distintos medios de comunicación, cuyos enlaces añado al final de este artículo.  En ellos, el protagonista de la entrada reclama lo que por derecho le pertenece: SU VIDA.

 

Firma y difunde. Mañana puedes ser tú.

 


Cristian Fernández Giner

 

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