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César Franco
Martes, 1 de agosto de 2017

Transfiguración y destino del hombre

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Noticia clasificada en: Blogs Diócesis

Carta pastoral de César Franco, obispo de la diócesis de Segovia.

El día 6 de Agosto la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, que este año cae en domingo. Los tres evangelios sinópticos narran el hecho que, a partir del siglo IV, se sitúa en el monte Tabor donde existe una bella basílica que lo conmemora.

En el Oriente cristiano, la Transfiguración ejerce una enorme influencia en la mística y en la iconografía. Es un misterio que invita a la contemplación de Cristo, quien, al transfigurarse, anuncia su futura resurrección. Para entender bien el significado de la Transfiguración hay que considerar algunas claves de lectura que nos ofrece el texto.

En primer lugar, dice san Mateo que este hecho sucede seis días después de que Jesús anunciase por primera vez su muerte y resurrección. Hay que relacionarlo, por tanto, con este anuncio que sorprendió a los apóstoles e hizo que Pedro quisiera desviar a Cristo de su camino. La muerte de Cristo se presentaba como un escándalo a quienes pensaban que era un Mesías político. Por ello, la liturgia presenta la Transfiguración como un suceso que pretende ayudar especialmente a los tres testigos de la agonía de Jesús, a superar el escándalo de la pasión.

Otro dato muy ilustrativo es que Jesús les prohíbe hablar del suceso hasta que resucite de entre los muertos. Aunque los judíos creían en la resurrección, el hecho de que Jesús hable de la suya propia debió desconcertarles porque la resurrección era entendida de modo colectivo y no individual. Por eso discutían sobre qué quería decir resucitar de entre los muertos. En la mente de Jesús es claro, sin embargo, que, una vez resucitado, los apóstoles entenderían el sentido profético de la Trasfiguración, en cuanto anuncio de su victoria sobre la muerte. Por eso, la Trasfiguración es considerada como una cristofanía, es decir, una revelación del ser mismo de Cristo.

Este es el último dato que constituye el centro del relato evangélico. Cuando la nube, signo de la presencia de Dios, cubre a los testigos, una voz sale de ella para anunciar: «Este es mi Hijo, el amado, escuchadle». De modo semejante al bautismo, la voz de Dios revela quién es Jesús de Nazaret. No es un hombre cualquiera ni un profeta más sino el Hijo amado del Padre, la Palabra que Dios dice al mundo. Los hombres deben escucharle.

Este desvelamiento del ser de Cristo se ha realizado en la Trasfiguración, palabra que traduce la griega metamorfosis cuyo significado es cambio de forma. Conviene recordar que cuando san Pablo habla de la encarnación de Cristo, dice que, dejando la forma de Dios, tomó la forma de siervo. Pero no dice que haya dejado de ser Dios. Desde esta perspectiva, la Transfiguración deja traslucir en la carne humana de Cristo la gloria que siempre ha tenido junto a Dios, por ser Dios mismo.

Para que comprendamos la trascendencia de este misterio y lo que de él podemos aplicar a nuestra vida, conviene saber que Pablo utiliza dos veces el verbo metamorfoo. En una ocasión, lo hace para oponer a la ceguera de los judíos la iluminación de los cristianos que son transfigurados por la contemplación de la gloria de Cristo resucitado (2Cor 3,18). En la segunda ocasión, exhorta así a los cristianos de Roma: «No os amoldéis a este mundo, sino transfiguraos por la renovación de la mente para discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rom 12,2). Es obvio que, al utilizar este lenguaje, nos invita, como han hecho los grandes maestros de la fe, a contemplar cara a cara a Cristo, para que la luz de su rostro no sólo nos revele quién es Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, sino cuál es nuestro destino si caminamos en pos de Cristo: ser transfigurados ya en esta vida, según su imagen, de gloria en gloria.
 


César Franco
Obispo de Segovia
 
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