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César Franco
Viernes, 1 de diciembre de 2017
Carta del Obispo

Adviento y Esperanza

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Noticia clasificada en: Diócesis

Comentario al Evangelio del obispo de la diócesis de Segovia, César Franco.

El tiempo de Adviento, aunque breve, posee una gran densidad espiritual. Podíamos decir que concentra las esperanzas de todos los hombres de la historia —pasadas, presentes y futuras— y las convierte en una intensa súplica al Dios que no defrauda. También las esperanzas de los no creyentes, porque, aunque les falte fe, la esperanza siempre late en su corazón. Es un crimen arrebatar del corazón del hombre la esperanza por diminuta que sea. La esperanza de ser amado, de cambiar a mejor, de trasformar el mundo, de una vida más allá de la muerte.

 

En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco dice que los males de este mundo no deberían disminuir nuestro fervor y entrega. Más aún: afirma que deberíamos considerarlos como desafíos para crecer. ¡Hermosa actitud! Sobran profetas de calamidades, pájaros de mal agüero, «pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre» (EG 84). El cristiano no es un optimista ingenuo, que se hace ilusiones con el cambio de las estructuras de pecado que dominan este mundo, o que cierra los ojos ante las injusticias que hacen de este mundo una casa poco habitable. El realismo de la fe nos sitúa con los pies en el suelo: nos descubre el mal fuera y dentro de nosotros, pero nos anima a la lucha sin dar por inevitable la derrota. El que comienza la lucha sin confiar, dice Francisco, «perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra los talentos» (EG 85).

 

Juan Bautista, figura dominante del Adviento, comenzó a predicar en el desierto. Resulta paradójico: ¡Predicar en el desierto! ¿A quiénes? ¿A las piedras, a los cactus y a las alimañas? No. Predicar a quienes acudían a él porque no les importaba ir al desierto para escuchar con más sonoridad la palabra de Dios. Hoy nos toca predicar en lugares donde se ha producido, según dice el Papa, una «desertificación» espiritual, «fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas» (EG 86). En este desierto es posible predicar porque cuanto más grande sea el vacío, más grande será la profundidad del anhelo del hombre por llenarse de verdad y colmar la esperanza que anida en su interior. La clave está en quienes somos portadores de esperanza, porque el problema no es que este mundo se haya convertido en un desierto —lleno de soberbios rascacielos—; el problema más grave es el que señalaba el beato Newman: «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena». He ahí el problema: si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán?, decía el Maestro. Si los que tenemos que iluminar y dar vida, perdemos la seguridad de que nos basta la gracia de Dios, ¿cómo cumpliremos nuestra misión?

 

El Dios de Jesucristo es el que puede convertir el desierto en un vergel, el que puede hacer fecundos los senos estériles, el que es capaz de resucitar a los muertos. Es el Dios creador y restaurador, al que invocamos en Adviento para que venga. Pero ya vino y no ha dejado de estar con nosotros, dándonos signos de su poder y misericordia. ¿Creemos o no? ¿Esperamos en su omnipotencia, aunque se muestre en los gemidos de un niño? Benedicto XVI decía que también «en el desierto se necesitan personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino a la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza». A estas personas, el Papa Francisco las llama «personas-cántaros» que dan de beber a los demás. Y añade este breve comentario: «A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!»

 

César Franco

Obispo de Segovia

 

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